Temáticas del Principito

Con un aire de hablarles a los niños, el autor de El Principito se dirige a todos nosotros y su texto ofrece niveles de lectura diversos y sorprendentes, desde el cuento de hadas al relato filosófico.

Entender El Principito
« Lo esencial es invisible a los ojos », dice el zorro. El pequeño príncipe repite la frase para recordarla; un medio, para el autor, de indicarnos que es importante para entender la historia. Ya lo había hecho al comenzar su texto, con los dibujos de la serpiente boa « abierta » y « cerrada », capaces de indicarnos que, en cada cosa y en cada ser esconde un tesoro, un misterio que hay que penetrar. Más allá de las apariencias, existe el espíritu, que hay que descubrir con el corazón.

El espíritu
El espíritu hace las cosas únicas. Es la culminación de nuestras decisiones, de nuestros esfuerzos, de la amistad, del amor. Mil rosas en un jardín se asemejan a la que el pequeño príncipe ha dejado en su planeta, pero esta es única porque él la regó, porque la protegió, porque la « domesticó », para retomar las palabras del zorro, que añade: « Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. » El espíritu crea vínculos. Gracias a él el mundo se puebla de signos: tal campo de trigo recuerda los cabellos dorados del Principito, las estrellas son cascabeles que recuerdan su risa, el cielo está poblado de planetas donde gimen pozos antiguos porque en uno de ellos vive un amigo aviador que encontró un pozo en el desierto. La vida verdadera radica en el espíritu que, si es necesario, puede prescindir de la materia, de « la corteza »: para recuperar su rosa, El Principito sacrifica su cuerpo de carne y se hace morder por una serpiente venenosa: « Pareceré muerto y no será cierto… », nos dice como último mensaje.


Domesticar, amar, separarse
En El Principito, todos captamos la lección del zorro: « si quieres un amigo ¡domestícame! » (capítulo XXI). Es a través de esa enseñanza que el Principito llega a entender lo que siente por su rosa: « Creo que me ha domesticado » (capítulo XXI). El Principito entiende que al domesticarlo consigue que salga del « montón » un ser que pasa a ser, para él, « único en el mundo ». Con esas palabras Saint-Exupéry quiere hacernos entender que nuestros ojos solos no pueden captar la singularidad de un individuo, de una cosa. Estos se encuentran encerrados en su apariencia y es sólo domesticándolos que podremos conocerlos y apreciar su singularidad.

« Por supuesto que cualquiera al pasar podría creer que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes juntas, porque fue a ella a quien regué. Fue a ella a quien puse bajo un fanal y a quien protegí detrás de un biombo. Porque por ella eliminé a las orugas… y es a ella a quien escuché quejarse o vanagloriarse o incluso a veces callarse… » (Capítulo XXI). Es la suma de estos esfuerzos desplegados por el Principito lo que ha hecho a su rosa única en el mundo y de la cual él se ha enamorado.

El Principito necesitó un viaje de un año para entender sus sentimientos hacia su rosa. Entender que el placer de un encuentro se termina por el dolor de una separación. Domesticar a un ser es aceptar verlo desaparecer algún día. La « desaparición posible » de su rosa es lo que sumerge al Principito en la melancolía y lo lleva a dejarse morder por la serpiente, para poder volver junto a ella en el asteroide B612.

Las « personas mayores » 

Es cierto que con la edad los niños pierden el don que les permite vivir naturalmente en relación con el espíritu. Se convierten en « personas mayores » cuya única preocupación es lo útil. Atrapados por el lado material, vulgar de la existencia, víctimas de su vanidad, de su codicia o de su pereza intelectual, las « personas mayores » juzgan las intenciones de alguien en función de su traje (es el caso del astrónomo turco), evalúan la belleza de una casa por su precio y creen conocer a un amigo en función de los ingresos de su padre. Sin embargo, el niño de antes no ha muerto, se encuentra sólo sepultado, y una experiencia como el encuentro del aviador (que ha « envejecido un poco ») con El Principito permite resucitarlo.

El ruego
Dado que el espíritu, al que no se ve con los ojos, es el esfuerzo de domesticar, de crear vínculos. porque es en resumen la parte de la imaginación y del amor que ponemos en las cosas, la lectura del texto debiera ser suficiente para hacerlo surgir. Al pasar las páginas, el Principito va llegando a ser nuestro amigo porque le dedicamos nuestro tiempo, porque lo domesticamos. El cuento de Saint-Exupéry no es una lección, sino un ruego.